ENRIQUE HERRERA MARÍN,

PINTOR DE DZITBALCHÉ


 

 

Enrique Herrera Marín en una foto de Santiago Canto Sosa,

Cronista de Calkiní. Fuente: www.calkini.net.

 

La composición aprendida del talento natural; la perspectiva que surge de la necesidad de proyectar profundidad, altura y anchura; las sombras, los degradados; el colorido explosivo que surge de la lucha interior del artista contra la oscuridad y la experiencia de muchos años deslizando el pincel sobre la tela dan como resultado el artista con visión amplia que plasma el tema complejo haciéndolo parecer sencillo. Aprehende en un óleo de escasas dimensiones un motivo de vida que queda para que las generaciones tengan un punto de referencia, una identidad consolidada.

Enrique Herrera Marín, pintor de Dzitbalché, Calkiní, en la búsqueda de su propia identidad y a pesar de las influencias de notables pintores de todos los tiempos, se encontró con la pintura regional, con el alma indígena que subyace en los hombres y mujeres de la Península de Yucatán.

Pintó fiestas tradicionales, edificios, costumbres, paisajes nativos; se adentró en el espíritu de la civilización maya y con la poesía de los colores perpetuó la visión del alma regional. Muchos son sus méritos de proyectar un estilo temático que en muchas ocasiones no es apreciado, sin embargo, persistió en sus convicciones y, hoy, nos deja un legado pictórico importante que esperamos sea reguardado en el lugar que le corresponde.

Todos sus cuadros tienen la belleza de los matices naturales, pero recuerdo dos cuadros que tienen un significado especial, porque están muy cerca de mis experiencias personales. Uno de ellos es el de la Batalla de Blanca Flor y el otro una ofrenda a los dioses nativos.

La exhacienda Blanca Flor es una construcción importante donde se cultivó el oro verde, la industria henequenera que generó una economía importante en sus años de esplendor. En el cuadro de Herrera Marín se yergue la capilla de la hacienda en medio de las explosiones de los cañones y las armas de fuego de las tropas federales y de los rebeldes. Los soldados y el enemigo están en sus posiciones entre la hierba y los árboles en una lucha encarnizada. Sucedió a cuatro kilómetros de Hecelchakán y quedó plasmado con la belleza estética del pintor de Dzitbalché.

El otro óleo es más poético: un hombre casi visto desde atrás se encuentra arrodillado y con los brazos levantados sostiene un incensario mientras invoca a los dioses de los cuatro rincones del mundo. Está en medio del campo entre la hierba verde y a lo lejos se ve una serranía con el sol que se va ocultando. El crepúsculo rojizo de la tarde llena la parte superior del cuadro mientras las espirales del incienso ascienden a las alturas.

Enrique Herrera Marín dejó una herencia invaluable, luchó por la difusión de las artes, trabajó con niños y deja el recuerdo de sus sueños para que sean las huellas donde otros pisen y sigan modelando el barro de la vida.

Será recordado como un artista valioso, como orgullo de un pueblo, como ejemplo para la niñez y para los sueños de los jóvenes. Es el maestro que plasma la vitalidad del alma mestiza, el pintor apreciado del Camino Real.