MORIR ES COMENZAR A VIVIR

 

 

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Fátima Mariana Chay Valladares

 

    Síntesis Narrativa: José Ángel es el protagonista, vive lo que vivimos a diario, tiene problemas en su familia, no le prestan atención y siempre está con sus amigos, se hace novio con Amelia. En su primer aniversario se ausenta Amelia. Esa noche toma su coche y muere. Su alma viaja, visita a sus amigos y padres. Cuando ya descansa en paz concluye que vino al mundo para dar una lección de amor a sus conocidos.

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Cuando el ser humano comienza a tener expectativas de lo que quiere ser en el mundo, por obviedad suele ponerse metas qué alcanzar en la vida, planea su futuro, decide cuántos hijos tener, si tenerlos en una familia o sólo buscarles a una madre o tal vez sueña con el amor y planea formar una familia.

Estos pensamientos son los mismos que tuve hace unos 11 años cuando apenas estudiaba en la preparatoria, fueron muy gratos los momentos que pasé en aquellos años; pero, bueno, como les iba diciendo, al igual que muchos de ustedes tuve sueños, planee mi futuro pero este tomó un rumbo inesperado que me ha llevado a la conclusión de que la vida es como una montaña rusa, sube, baja, da vueltas, sientes que vuelas, llegas a la cima y al final regresas a tu realidad, mi nombre es José Ángel.

Cuando tenía 16 años la vida era para mí estar en la computadora, presumirles a mis compañeros que mis papás me habían comprado el celular más reciente, y que ya tenía mi nuevo Iphone en el cual podía poner miles de cosas, con esto atraía a todos.

Trataba de ser el chico buena onda, hacer relajo con todos, aaah, pero eso sí conservaba mis calificaciones para atraer la atención de mis padres y que se dijeran “nuestro hijo es todo un Gallardo, heredó la inteligencia de su padre”. Aunque esa inteligencia la desarrollara yo solo, es más, me festejaron mi cumpleaños número 12 cuando faltaban dos meses para que cumpliera 13 años, o la vez que se fueron a Cancún y casi me olvidaban, sólo porque a mi papá se le extraviaron unos papeles de los proveedores fue que se acordaron de mí.

Todo el día se la pasaban arriba y abajo, en el teléfono o en su oficina, en fin sólo llegaban a la casa a dormir. Era mejor estar leyendo algunas revistas de deportes, en el Internet navegando o paseando con los cuates.

En la escuela eran mis amigos Christopher, Alejandro y Homero con los que pasaba el mejor tiempo. En una ocasión Christopher nos invitó a montar en su rancho, emocionados porque iba a ser la primera vez que montaríamos, los trabajadores ensillaron los caballos y como locos nos trepamos en ellos, todo era tranquilo.

Después de media hora, cuando ya habíamos entrado en confianza, Alejandro incitó a correr a su caballo cuando de pronto éste relincha y se cae azotándose muy fuerte el brazo, nos asustamos, pensamos que se había muerto, después de unos segundos se levantó gritando y del susto exclamó: ¡mi brazo, mi brazo! Estaba figurado, el pobre de Alejandro fue sometido a varias operaciones.

Conforme pasaban los días y Alex se recuperaba de sus operaciones, Christopher, Homero y yo seguíamos en la escuela, como de costumbre nos reuníamos con algunas chavas a relajear, en especial con cuatro de ellas: Amelia, Camila, Sofía y Lía, la convivencia se hizo más frecuente con la caída de Alex, ahora éramos uña y mugre, éramos ocho y prometimos que en ocho nos quedaríamos por siempre.

El 14 de agosto, Amelia y yo nos hicimos novios, fue un momento mágico, sentía que caminaba entre nubes y todo era como de ensueño, al sumergirme en esos ojos con una mirada celestial y esos labios rojos como una jugosa manzana, todo lo que me rodeaba se convertía en nada, y los problemas no existían ¡estaba enamorado!.

Pasaron días, meses y se me hacían cortos los momentos que pasaba con ella, sin darnos cuenta, igual como pasa una estrella fugaz, llegó nuestro primer aniversario, yo había planeado tener una hermosa velada juntos, pero ella llamó a mi casa para explicarme que no iba a ser posible aquel día, porque su familia tenía qué salir de inmediato de viaje.

Después de aquella llamada en la que escuché por última vez su recitar de ángel me llené de un inmenso vacío y me convertí en un vagabundo. Ya no le encontraba sentido a la vida, la escuela ya no era la misma sin ella, nadie, absolutamente nadie me daba ninguna esperanza de algún día volvería a verla. En mi casa mejor ni me aparecía, para qué hacerlo si sólo era hundirme en un mar de soledad, y hacer que este volcán de sentimientos comenzara a hacer erupción, hasta que una noche tomé mi auto vagué como un náufrago sin rumbo.

¡Oh, mi Dios! ¿Qué son todas estas luces que me rodean? ¿Estoy soñando acaso?, ¡que alguien me explique! Después de unos segundos pude levantarme, me encuentro en un lugar inundado de una inmensa paz. Camino y camino y no llego a ningún lado, hasta que tropiezo y comienzo a caer en un vacío. De pronto estoy en un hospital, veo a mis padres desolados, atónitos por las noticias del doctor, mi madre angustiada cae en los brazos de mi padre, se dirigen a la casa; yo sigo caminando, en un parque me encuentro con Amelia, han pasado tres años de no verla, está algo cambiada, pero su hermosura sigue siendo resplandeciente como el sol, me acerco a ella y le doy un gran beso en la mejilla, pero pareciera que no me ve ni me escucha, por más que le hablo no se da cuenta que estoy a su lado, la noto desolada, una tristeza inmensa abraza su corazón, ¿qué es?, no lo sé, no puedo descifrarlo.

Al pasar varias horas mis ojos se cierran involuntariamente y aparezco en un entierro, en el que mucha gente, familiares y amigos, se acercan con dolor a abrazar a mis padres, aún no comprendo, seguro es un sueño. Algo me incita a acercarme al féretro, ¡oh, por Dios! ¡Pero si soy yo el que estoy ahí! ¡No, Dios mío, no!.

La casa estaba llena de gente, mis mejores amigos: Alejandro, Homero, Christopher, Camila, Sofía, Lía y el amor de mi vida, Amelia, todos consternados por mi muerte, llenos de dudas y culpa. Mis padres se reprochan uno al otro el tiempo perdido sin compartir conmigo mis dudas, mis alegrías y tristezas, sin que se dieran cuenta que a gritos les pedía un poquito de su atención. Me paré en la puerta observando a todos, me puse a pensar: ¡Dios mío, si tan sólo me dieras la oportunidad de por lo menos hacerles sentir que nadie es culpable de lo que me pasó!.

Eran como las siete de la mañana del día viernes 25 de junio, vienen a mi mente recuerdos muy gratos que compartí con mis amigos, la caída de Alejandro, mi noviazgo con Amelia, recuerdos que me hacen sentir feliz, y que me dejan con un sabor de boca inconfundible, el sentirme satisfecho.

Por un momento mis pensamientos son confusos, no sé cómo explicarlo. ¿Qué fue eso?, ¿mi madre está gritando?, ¿por qué tiembla?. ¿a dónde me llevan?. Mamá, papá, díganles que paren, no me dejen aquí solo, por favor se los suplico, es que acaso ni en estos momentos pueden ser verdaderos padres, quédense un momento más, ¡Amelia, Amelia! ¡Tú no te puedes ir, quédate un momento más, te lo suplico amor, no me dejes igual que mis padres! ¡Tú no por favor! Un momento, es inútil, nadie me va a escuchar. Dios por qué eres tan injusto conmigo, no me diste la oportunidad de tener a unos verdaderos padres, no me permitiste estar con la persona que quería más que a mi vida, ¡por qué, por qué! ¡Qué mal hice para que me dieras esta cruz, no te entiendo, no que tú sólo sabes dar amor!, ¿por qué no lo hiciste conmigo?

Pasaron los días, y yo no me acostumbraba a estar solo en este lugar frío, en el que sólo se podía sentir un enorme temor. Pasé meses así, vagando, visitando mi casa. La relación entre mis padres estaba mejorando, eran más unidos, se demostraban más su amor, hasta pensaron en darse la oportunidad de volver a tener un hijo, y lo consiguieron, esto me llenó de mucha emoción, porque sabía que mi historia no se volvería a repetir en ese nuevo ser.

En cuanto a mis amigos, todos se llenaron de resignación, todos lograron triunfar en la vida, Christopher, Alejandro y Homero fundaron una institución dedicada al cuidado de los adolescentes con problemas similares al mío; Sofía y Camila terminaron siendo grandes abogadas, y Amelia se graduó como psicóloga, prestaba mucha atención a jóvenes que no le encontraban mucho sentido a la vida y a los problemas con sus padres. Era muy reconocida por todo el mundo, le faltaban sólo cuatro meses para casarse con su prometido José Carlos. Su vida era muy estable, pero aún le quedaban los recuerdos del amor que floreció entre nosotros.

Ahora estoy aquí sentado en un lugar maravilloso, por fin puedo descansar y mi alma está en paz, y como les mencioné han pasado once años de aquella experiencia que marcó a todos. Hasta ahora comprendo, Dios tú me mandaste a la tierra con un solo propósito, dar a mis seres queridos una lección de amor, lección que por siempre dejará huella en ellos y en todo aquel que escuche mi historia y pueda entender que “morir es comenzar a vivir”.