EL CARNAVAL


 

   

 

  

 

El carnaval se realiza en Hecelchakán con alegría y diversión, la juventud desborda su euforia y participa en el bando, los bailes, las comparsas y la pintadera del martes de carnaval. El orden impera, el colorido subyuga y el frenesí agita sus emociones sin perder de vista el respeto.

El ritual del carnaval tiene sus soberanos que presiden este escenario. Ella alegre, juvenil y sensual como las Majas de Velásquez y “Las señoritas de Avignón” de Picasso; él con el ritmo en la sangre de los jefes africanos, los tornados y los remolinos de los ríos.

Por las noches los bailes de disfraces conjugan el misterio con la belleza animal, las leyendas y los trajes de época para sacudirse el instinto y los anhelos aún no encontrados. La música, el baile frenético y las cervezas plasman el ambiente de un mundo de diversión que se viste de lentejuelas brillantes y un sentimiento de locura.

Por las mañanas las comparsas recorren nuestra ciudad y los cuerpos femeninos con vestidos atrevidos y llamativos reflejan la sensualidad de las sirenas, el movimiento ondulante de las odaliscas, el color de los pavoreales y la alegría del oleaje de los mares en verano.

El carnaval llega a su momento álgido con el claroscuro de la pintadera donde la juventud desborda su impetuoso afán de juego y travesura dinámica. Un cuadro impresionista pintado por la euforia: manchas azules, rojas, verdes, huellas de las manos sobre la piel, chorros de pintura, rostros y cuerpos pintados como guerreros primitivos listos para la guerra, hombres y mujeres pintados de los pies a la cabeza: es el carnaval, la tradicional pintadera. Camaleones que cambian de coloración, fantasmas diurnos, eclipses de sol y de luna, cebras de colores, nocturnas apariciones bajo el sol.

Concluye el carnaval con un baile jacarandoso donde las parejas se abrazan; la luna en lo alto contempla a los enamorados. Los hombres y mujeres limpios y bañados huelen a fragancias naturales, y mientras se van adentrando en la noche las sonrisas les refrescan el rostro. Duerme el invierno y la tranquilidad se posa en los corazones como los círculos concéntricos en las aguas de una fuente de murmullos tenues, casi silenciosa.

 

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