VISITA DEL PRESIDENTE LÁZARO CÁRDENAS


 

   

 

Joel Pacheco Berzunza

 

            En 1937 tuvo lugar un acontecimiento que pocas veces se ha visto en Hecelchakán, y mucho menos en años recientes: la llegada del señor Presidente de la República, en esos años, el General de División Lázaro Cárdenas del Río.

Este gobernante tenía la muy buena costumbre de recorrer cada rincón del país ya fuera en barco, tren, automóvil, caballo o a pie, siempre en busca de las necesidades del pueblo mexicano; y para que esto no se escapara de su memoria, llevaba como buen estadista un diario en el cual anotaba minuciosamente cada observación efectuada, con el propósito de darles pronta solución a los problemas.

La Península de Yucatán tuvo el honor de recibir al Presidente Cárdenas en julio de 1937, viaje que hizo para supervisar la construcción del Ferrocarril del Sureste, y para recorrer las poblaciones de Campeche y Yucatán. Llegó a Campeche a bordo del cañonero “Durango”, y permaneció en esa ciudad dos días; de ahí, inició su recorrido en tren por el Camino Real.

Hizo su arribo a Hecelchakán a las 12:40 hrs. del día 31 de julio donde primero recorrió las instalaciones de la Escuela Regional Campesina en construcción, acompañado del Prof. Juan Pacheco Torres; de dicho lugar continuó con su comitiva hacia el centro de la Villa donde les ofrecieron un banquete; ahí pronunciaron sendos discursos los campesinos Higinio Chan y Héctor Caamal, y el presidente municipal Salomé Uc. Luego permaneció el Gral. Cárdenas en el palacio municipal, dando audiencias al pueblo hasta las 17:00 hrs.

Acompañaron al presidente Cárdenas: Lic. Gonzalo Vázquez Vela (Secretario de Educación), Dr. Y Gral. José Siurob (Dep. de Salubridad), Gral. Rafael Sánchez Tapia (Secretario de Economía), Gral. Alejandro Mange (Comandante de la Zona Militar de Veracruz), Ing. Florencio Palomo Valencia (Gobernador de Yucatán), Diputado Chileno Eduardo Hubner, Adolfo Cienfuegos (Ex embajador), Prof.. Graciano Sánchez (Jefe de asuntos indígenas), Generales Pedro Pizá y Josué Benignos Hideroa (Comandante Zona Militar de Yucatán), Lic. Raúl Castellanos (Procurador del D.F.), Gualberto Carrillo Puerto (Senador de Yucatán), Lic. José Muñoz Cota, Lic Eduardo Mena Córdova (Gobernador de Campeche), Dr Héctor Pérez Martínez (Secretario de Gobernación de Campeche), Coronel Manuel Beteta (Jefe de ayudantes presidenciales), Mayor Zermeño, Mayor Bernal, Capitán Fuentes, Tenientes Ramírez y Calderón (ayudantes presidenciales), y varios diputados.

Después de las audiencias en el Palacio Municipal, parte el General Cárdenas hacia las demás poblaciones del Camino real. Se despide a las 17:30 hrs. de los hecelchakanenses.

Uno de los acompañantes del presidente en este viaje fue el periodista Aldo Baroni, quien en su libro “Yucatán”, hace una excelente crónica del viaje a la península; y creo que dada la importancia y riqueza de este relato, vale la pena transcribir lo que vio en Hecelchakán:

“A la hora en que, normalmente, todo el que tiene manera de calentar un fogón hace su comida, llegamos a este pueblo de eufonía asiática. Hay una aquí una banda de música más nutrida y afinada, una muchedumbre mayor y mayor entusiasmo en las vociferaciones de bienvenida, pero la recepción tiene que seguir esperándonos en la estación porque el tren retrocede a donde se está levantando la Escuela Regional Campesina, en que aprenderán las nuevas generaciones que los métodos agrícolas hoy en uso aquí, destruyen la tierra, que la agricultura trashumante,  que quema la selva para arrancar de las cenizas dos o tres años de cosecha y luego lleva a otra parte su fuego para hacer otro desmonte y agotar otro terreno con nuevas milpas, es un disparate si no un crimen.

El edificio ha sido, evidentemente, planeado por una mente genial. Lo forman varios claustros de 170 metros de largo, abiertos a la brisa y grandes aulas para clases, comedor y dormitorios. Un enorme aljibe recoge de los techos inclinados el agua de lluvia, la única agua relativamente limpia de esta tierra sedienta.

Las galerías de columnas ágiles y sobrias, que permitirán a los alumnos peripatéticas y gratas horas de estudio y recreo, a la vista del campo y al reparo de la lluvia y del sol, en la caricia continua de la brisa, constituyen una de las innovaciones más acertadas de esta escuela que está a punto de inaugurarse. El sistema sanitario es perfecto, modernísimo y sencillo, a un tiempo, sin el menor exceso de lujo en los níqueles y las porcelanas. Poco es lo que falta por terminar; de secundaria importancia, y dentro de breves semanas se instalará en su lugar el remate de la obra, un escudo de la República Mexicana tallado en madera dura, regalo del general Múgica en su última visita: un águila ágil, que parece preparar sus alas para arrancar hacia el infinito, después de haber destrozado a la serpiente que quería clavarla en la tierra.

El terreno que rodea al edificio está desmontado hasta donde llega la vista y lo cubre una vegetación de hierbas, que tienen el verdor metálico que denuncia a las tierras sin agua. Parece terreno miserable y, sin embargo, ya, cerca de la escuela, hay manchones exuberantes de una planta jugosa, cuya hoja tiene suavidades de terciopelo. Son los primeros ensayos, bien logrados, de la siembra del ajonjolí.

Los niños agricultores están realizando, aquí, el programa del poeta, poniendo el verde fresco de sus siembras en esta tierra caliza, llena de plantas hostiles.

En Hecelchakán cada familia tiene alrededor de su casa un pequeño paraíso terrenal para su uso privado. En esta tierra sedienta, es milagroso lo que puede hacer la cooperación de la mano del hombre con el agua de un pozo salitroso. Cuando el pozo artesiano vaya a buscar la linfa cristalina y pura en las profundidades de la península, Campeche y Yucatán, con su sol creador y la prolífica humedad de su atmósfera nocturna, serán un vergel entre dos mares, de riqueza y belleza sin par.

Fango y pedruscos enormes que se levantan como grupas de saurios entre los charcos, esto son las calles de Hecelchakán, ¡Pero qué huertas a los lados! Naranjos, papayas, cocos, limoneros, granados y esa maravilla exuberante, ese bosque en miniatura, que son los árboles de mango.

El parque Madero nos espera con una mesa de una cuadra de largo, improvisada bajo el dosel aterciopelado de una alameda formada por los almendrones más copudos que haya podido soñar la imaginación del poeta. (Bajo el uvero yodado y el almendrón florecido, cuánto recuerdo apagado, cuánto recuerdo dormido…).

 

 

Pero, en realidad, nada está dormido bajo los almendrones del parque Francisco I. Madero. Ni el apetito de los invitados, ni la lengua de los invitantes. Hace días me preguntaba un amigo cual era mi impresión general sobre la gira. –Me parece-le dije-, estar acompañando a aquel Luis de Francia que por humano le llamaron Santo y que administraba su justicia bajo el dosel de una encina.

Para que mi símil se acercara a la perfección, he aquí hasta el dosel verde tendido por la naturaleza sobre la cabeza del mandatario y de su pueblo, que pide justicia al jefe, el único que puede dársela y a eso ha venido. Sólo que por el color local, el lugar de la encina francesa lo ocupa el almendrón campechano.

Nos sentamos ante los blancos manteles. Las fuentes nos mandan el perfume de las costillas de venado, de la barbacoa de lechón, del pavo con tomate y de esa maravilla purpurina que es el pollo pibil, obra maestra de la sazón que, como el verdadero amor; parece abrasarlo a uno y, sin embargo, no quema.

Mientras los de la comitiva establecemos rápido contacto entre platos y clientes, los libres ciudadanos de Hecelchakán se van encaramando en los bancos del parque y nos sazonan el buen comer con su oratoria. Como si fueran Rotarios, como si fueran Leones…Hay en la observación un poco de irónica tristeza, pero la ironía desaparece pronto. Los hecelchakanenses no son, desde luego, rotarios, eso se ve a las primeras frases… Más bien leones….

Hasta hoy no hemos oído más que quejas. De Veracruz hasta Tenabo no ha sido más que un infinito inacabable rosario de lamentaciones. Desde el ciudadano que pide un pasaje –posiblemente en efectivo- para regresar a la capital, hasta la comisión que apunta la urgencia de una carreterita para que los niños del pueblo puedan ir a la costa a tomar sus baños de mar, y la carreterita no costaría más que unos ciento cincuenta mil pesitos…Estos pobres pueblos del interior que no les habían visto la cara a los mandatarios más que en los fotograbados de los periódicos, ahora que tienen delante a un presidente de carne, hueso y buena voluntad, se desquitan. Si el presidente está de acuerdo algo con el catecismo, es seguramente en aquel punto en que el pesimismo judaico de los profetas afirma que este mundo es un valle de lágrimas.

Grata sorpresa, aquí en Hecelchakán, bajo el dosel verde de los almendrones, no se oyen quejas más o menos lagrimosas. Bien entonadas con el pollo pibil, son frases ácidas las que estallan, palabras corrosivas las que finalizan cada esfuerzo oratorio. Parecería insolente y procaz la oratoria si los gestos, las miradas, toda la actitud de los oradores no evidenciara la más cándida, la más conmovedora buena fe.

-Ese bandido de I…R…de…C…L…Esos hombres que nos “enfrenan” y pisotean desde hace veinte años…Ese cacicazgo que nunca se acaba…No nos importa que nos maten mañana, ya que le hemos podido decir personalmente la verdad a nuestro presidente sobre esos bribones…sabemos que usted nos hará justicia y, por lo demás, hemos nacido para morir…

La sinceridad de esos hombres sencillos que luchan por ser más libres y ya no aceptan caciques, ni admiten consignas, es altamente emotiva. Y el espectáculo en sí es, en este momento, único en el mundo y, por lo tanto, inapreciable. Nunca creí que en una gira oficial podría admirar algo nuevo, algo único. Y sin embargo, lo nuevo y lo único, aquí lo tengo, delante de mí, encima de mi cabeza, en cada uno de esos oradores que hablan en español primero y luego en maya, y el público aplaude con frenesí.

Bajo el dosel verde, el presidente mira a los oradores y hay en sus ojos una luz de emocionada comprensión. Y una vez más el vocero presidencial, al despedirse del pueblo batallador de Hecelchakán, recalca la necesidad de la unión. Se hará justicia, pero hay que olvidar las rencillas postelectorales, todas las miserias de la pequeña lucha partidista…No hay que olvidar, en cambio que sin unión y sin cooperación la obra del gobierno más bien intencionado resulta estéril, toda buena voluntad ejecutiva, inútil.

Campeche así lo entiende y promete, bajo los almendros de Hecelchakán, acatar la sugestión. Promete aplaudiendo. Pequeñas, doradas como la fruta del durazno, con los ojos almendrados que ríen y los pechos túrgidos que ritman el paso, agitando los collares de filigrana de oro, las jovencitas que nos sirven, siguen pasando sin descanso las canastas de pan, las fuentes de carne y ensalada, las fruteras rebosantes, las ánforas de agua…Como el lector ve, para que esto fuera perfectamente bíblico, no nos ha faltado no siquiera su poco de Apocalipsis verbal…”

 

Fuente: Hecelchakán de Villa a Ciudad/Joel Pacheco Berzunza. Primera edición 2007, 83 Págs.

 

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