EL CRISTO NEGRO


 

   

 

Tan universal como la noche y tan profundo como el mar, así es la palabra del Cristo, con el poder del amor para las almas genuinas dispuestas a hacer de sus enseñanzas escudo y lanza que los conduzca a un destino limpio y colorido.

Le llaman el Cristo Negro de San Román, como a otros los denominan de Las Ampollas o de La Salud, y que pueden estar situados en las alturas como el de Río de Janeiro o junto a los corales marinos como el de Cozumel, y todos estos y otros en cualquiera de sus advocaciones inspiran la misma fe y proveen los mismos milagros. Aunque al Cristo negro, por ser patrono de los campechanos, naturalmente se le aprecia y venera con un sentimiento muy especial.

Los faroles de aceite al iniciarse la Colonia y, hoy, las luces multicolores y la algarabía de la Feria tradicional en honor al Cristo Negro de San Román invaden los rincones del parque cada noche desde el 14 de septiembre de 1565 en que arribó a tierras campechanas esta imagen de ébano proveniente de Civita Vecchia en Italia.

Es probable que después de la fundación de Campeche en 1540, en lo que fuera la provincia de Ah Kin Pech, se dividiera este asentamiento en caseríos que, posteriormente, se convirtieron en barrios, siendo uno de ellos el de San Román, de nominado así en honor al santo del mismo nombre.

Desde entonces, es tradición celebrar esta Feria anual que, entre el 25 y 28 de agosto inicia con la bajada del redentor para posteriormente realizar la subida a su santuario de culto el 13 de septiembre y culminar con la procesión el 30 del mismo mes.

Este acto de veneración nos recuerda sus proféticas enseñanzas: “Se despertó, y reprendió al viento, y dijo al mar: ¡Calla! ¡Enmudece!...Y le escarnecerán, le azotarán, y escupirán en él, y le matarán…Honra a tu padre y a tu madre”.

Afuera de la iglesia las familias se divierten, los niños en los caballitos del carrusel se alegran, mientras los novios y los amigos recorren los puestos de mercaderías diversas o cenan panuchos al mismo tiempo que conversan.

Otros, entre oraciones de fe, con ruda, albahaca o flores ungen el cuerpo del Mesías, y lo alaban en silencio o le hacen una promesa para recibir su gracia que, por su gran amor, se confía en que habrá de cumplirse.

El beso en esos pies que recorrieron Jerusalén y se posaron en la tierra del Monte de los Olivos o en la hierba que fue testigo del Sermón de la Montaña es una ofrenda del corazón de los fieles en estos días.

“La fe sin obras es fe muerta”, y los claros amaneceres de septiembre se conjugan día a día durante la Feria de San Román para rendirle culto al Cristo Negro de los campechanos que se postran con devoción ante el Pan de la Vida que habrá de iluminar sus almas y sus hogares.

La noche es cálida. El viento y el incienso tejen la historia del Cristo que es de los pescadores, escribas, sepulcros blanqueados, recaudadores de impuestos, poderosos, militares, adúlteros, leprosos, ciegos, sordos, mudos, paralíticos; del camello en el ojo de una aguja, la oveja perdida, sus curaciones y milagros.

En el remolino las parejas se abrazan y divierten en el vértigo de sus giros; la luna en cuarto menguante parpadea en la bóveda oscura; algunos ya cansados hacen de las bancas sus tronos plebeyos; un niño tropezó y su madre angustiada al momento lo levantó mirándole un raspón en la rodilla; David le regala una rosa fabricada en Taiwán a Zac Nicté y besa sus labios de lirios acuáticos. Noches sobre las que cavilarán muchos cuando se enciendan sus recuerdos en los días primaverales del porvenir.

El Cristo Negro es el mismo en espíritu al que se refería Lucas cuando María al visitar a Elizabeth y, estando ambas en estado de preñez, ésta le dijo: “Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre…Entonces María dijo: Mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador porque ha mirado la bajeza de su sierva; desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones…”.

Este Cristo Negro es la descendencia de David que está sentado a la derecha del Padre y que entre los 29 y 33 años expresó, quedó plasmado y diría hoy a la carroña de la maldad: “Cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeñitos que creen en mí, mejor le fuera si se le atase una piedra de molino al cuello, y se le arrojase en el mar”.

Rey de los campechanos y del Israel espiritual de todas las naciones que han creído en él, nos dice: “Yo soy como una planta verdadera de uvas, y mi Padre es como el que cuida la planta. Corta cualquiera de mis ramas que no dan fruto; pero poda y limpia las ramas que dan fruto para que den más”.

Entrada la madrugada el parque de San Román va pintándose de claroscuros. Las luces se van apagando y el silencio y el sueño tienden su mensaje de descanso sobre la ciudad. Mañana se repetirán la algarabía y los festejos sacros, el brillar de las veladoras en ofrenda y el rojo del ocaso tenderse sobre el mar. Mientras, San Román duerme y las palomas sueñan.

 

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