JAINA


 

 

    Jaina la lechuza, Jaina el color negro, Jaina el sol nocturno; Jaina es el encuentro con la Ceiba sagrada donde moran los muertos, donde renace el espíritu. Jaina es la isla del Poniente donde se juega el místico juego de pelota y nuestro pueblo vence a los dioses del mal de Xibalbá para arrebatarles el amor y la felicidad.

             Jaina es nuestra isla, el Zacpol y el Zayozal, los entierros funerarios y las ofrendas de estatuillas con geometría sagrada, arte y belleza. Jaina está en nuestras venas, es la casa de nuestros abuelos antiguos, ahí llegan a combatir los dioses de la luz y la oscuridad, ahí gobierna nuestro dios vencedor de la muerte en oración perpetua: el jade maniatando a la obsidiana.

             Jaina es la memoria ancestral de Hecelchakán donde vive el indio que nos habita.

             Jaina nos recuerda los tiempos difíciles, de angustia, cuando lo principal es la lucha y no la derrota, cuando lo más importante es el combate contra el dios de coral negro y no la lágrima vencida y de rodillas.

             En cada amanecer el gran Hunab Ku resplandece en el Sol de Oriente, que está en su trono de jaguar sosteniendo su cetro de serpiente cuidando nuestro territorio por sus cuatro esquinas.

             Jaina es nuestra riqueza cultural, nuestro símbolo, nuestra ofrenda en el altar. Jaina es nuestro poderío, nuestro espíritu que brilla como piedras preciosas.

 

  

 

             El indio ve la estrella de la mañana, la lluvia, el plenilunio, la abeja y el destello de los luceros que tienen en sus ojos las indias y dice: “Tengo el amanecer, las flores, los pájaros, los árboles nativos y el pedernal de mi corazón endurecido por el fuego, la felicidad ha vuelto a nosotros, a la tierra del amor y la pureza”.

             Lo dice bien claro nuestra Ley de Derechos y Cultura Indígena, está escrito en el 115 Constitucional que consagra el Municipio libre, pero más lo dice nuestra sangre ofrendada por milenios al espíritu solar. Tenemos la palabra que bajó de la turquesa celeste, combatió en el Inframundo y nos dejó el amor como legado para todas las generaciones de mi pueblo, que es tierra sagrada.

              Todo esto es Jaina, la antorcha encendida en medio de una niebla que va pasando y pasando, y camina sin un destino.

             Toda la naturaleza y la ecología autóctona está cantando día a día una alabanza que dice: “Yo soy la alegría, el amor y la felicidad, se los doy a ustedes, a mi pueblo, las mujeres, los ancianos y los niños, a ustedes que conocen los secretos arrebatados a la muerte. Ustedes son mi pueblo”.

 

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