HALACH UINIC


 

 

             Hecelchakán soy yo, el indio que arrulla a la serpiente del dolor que una noche mordía las estrellas de mi alma, la combatí con versos, le ofrendé las palomas de mis sentimientos, me devoró en invierno, pero mi espíritu de pedernal y poesía la convirtió en incienso, la iluminó por siempre, y como un jaguar le arrebaté con furia el sentimiento de la vida que nos da sentido, y es el sol y el arco iris de lo que somos eternamente: El amor.

             Hecelchakán suspira de alegría del Oriente hasta el Poniente, desde Xcalumkín a Jaina; resurge de su hoguera sereno y poderoso; por siempre su verdad de Halach Uinic se oirá desde la Ceiba sagrada que apunta hacia las cuatro direcciones cósmicas, a los cuatro palacios de nuestros dioses de claridad, solsticios y relámpagos.

             Ellos proclaman el amor de nuestra raza de guerreros, ancianos, doncellas y niños traslúcidos como el viento que le ofrendan a la vida oraciones sagradas y poesía de nardo y luz crepuscular.

             Nunca más Hecelchakán será tinieblas, nunca más los corazones sentirán mordidas de murciélagos traicioneros; sólo será mi pueblo el esplendor de la primavera, del oleaje y de los pájaros nativos que entre los álamos, los jabines y los piches cantan con hermosura a nuestro Dios vencedor de la muerte.

             Hecelchakán es la mazorca de maíz, la carne de nosotros, y la pureza de nuestros niños y mujeres que van con sus hipiles y alpargatas por los campos y las calles de nuestras comunidades: Cumpich, Dzitnup, Chunkanán, Dzochén, Blanca Flor, Pomuch, Dzotzil, Montebello, Yalnón, Nohalal, Santa Cruz y Pocboc.

             Tenemos historia, cenotes y centros ceremoniales; tenemos haciendas que son lágrimas del indio; tenemos memoria de lo que ha llorado nuestro pueblo.

             Un día la palabra cambió y se volvió de luto, ahora es ese tiempo, descendió el engaño que camina y camina sin un destino, pero nosotros nos quedamos aquí donde están amarradas nuestras raíces, donde nuestros cántaros se llenan del agua de la felicidad, donde siempre hemos estado. Nosotros nos quedamos aquí.

            Esta es nuestra tierra: el cielo y las estrellas, la lluvia y las sonrisas, los glifos y los templos, ellos son nuestros símbolos; aquí está la verdad del Ah Kin, aquí volvemos a hacer ofrenda nuestro espíritu para llenarnos de la luz del gran Hunab Ku.

             En Jaina y en Xcalumk’ín volverán a sonar el caracol y los tunkules; el juego de pelota espera con anhelo que el esférico de hule vuelva a traspasar el gran anillo solar.

             Nosotros somos guerreros, combatimos en Xibalbá al dios de la muerte, Ah Puch, y la vencemos para encerrarla en el olvido. Nosotros somos guerreros que nos llenamos del espíritu de nuestros dioses, por eso miramos con serenidad y respeto el crepúsculo de la tarde, porque es nuestra sangre ofrendada que nos recuerda la felicidad que alcanzamos.

             Hecelchakán es la princesa que nunca sucumbió, sino que guarda en su corazón el primer poema de amor y la flor azul de la pureza.

             Hecelchakán es linaje y es estirpe, el Halach Uinic que con su cetro de jaguar mira los solsticios y equinoccios pasar, y cuida que nuestros hijos, nuestras familias y nuestro pueblo estén bien, serenos y llenos de la felicidad que por siempre hemos petrificado bajo el sol de esta tierra sagrada.

 

Volver