XCALUUMKÍN


 

Nuestra estirpe no se extinguirá mientras haya luz en el lucero de la mañana. Popol Vuh

 

Una de las principales zonas arqueológicas del municipio de Hecelchakán es Xcalumkín, situada al oriente, por la carretera que llega a Bolonchén de Rejón. Cerca de este sitio se encuentra el poblado de Cumpich, aproximadamente a  tres o cuatro kilómetros y a 20 minutos de la cabecera municipal.

             Xcalumkín es una ciudad maya conocida desde el siglo pasado cuando fue descubierta por Teoberto Maler. Posteriormente otros investigadores han realizado estudios allí, como Harry Pollock en 1936, Alberto Ruz en 1940 y, más recientemente, por Pierre Becquelin y Dominique Michelet en 1992.

               Estos últimos investigadores han clasificado su arquitectura como antecedente del Puuc Clásico y les han dado la denominación de Xcalumkín Temprano y Puuc Temprano.

             El Xcalumkín Temprano es un periodo que comprende los años de 650 a 725 d. c., y el Puuc Temprano de 725 a 800 d. c. El Xcalumkín Temprano se caracteriza por tener una arquitectura de cuartos alargados con el frente de puertas múltiples conformadas por columnas. Las piedras labradas tienen escasa calidad en su acabado y para ocultar sus defectos están recubiertas con estuco. Generalmente las columnas no son monolíticas sino que están conformadas por varias piezas de piedra encimadas.

             El Puuc Temprano, por su parte, se caracteriza por sus techos de bóveda, realizados con piedras de mejor calidad en su tallado y porque las puertas de los edificios están formados por dos columnas con inscripciones jeroglíficas y diseños en bajorrelieve, según Bequelin y Michelet.

             Esta zona arqueológica fue sometida a un saqueo considerable y la mayor parte de sus edificaciones permanecen derruidas. Cuenta con 11 hectáreas registradas y dos edificios restaurados que son los que pertenecen al Grupo de la Serie Inicial; así llamados por haberse encontrados en ellos una serie de jeroglíficos.

            Xcalumkín, junto con Jaina constituyen los principales legados de la prodigiosa cultura maya, que hoy, son el orgullo de los habitantes de nuestro municipio. Aún cuando no son ciudadelas ni edificaciones de gran magnitud,  como los de Edzná o Calkmul, son el símbolo de lo que es la sangre y el espíritu de quienes habitamos esta tierra.

             Nuestros centros ceremoniales son como el rostro del Popol Vuh, el Chilam Balam y los Códices con nombres extranjeros, esperando su tiempo en que nosotros mismos, los habitantes de Hecelchakán, sepamos rendirles la gloria a sus esplendores que hoy, permanecen arrodillados. Un día se levantarán y serán el testimonio de lo que en verdad sentimos en nuestro corazón, y entonces podremos decir, seguros de nosotros mismos: “Nuestra estirpe no se extinguirá mientras haya luz en el lucero de la mañana”.

             Eso son Jaina, Xcalumkín y todos los vestigios nuestros, pequeños y humildes en cuanto a grandeza física, pero infinitos y majestuosos en su significado de centros ceremoniales dignos en su presencia, limpios en su proyecto de adoración y corazón vital en donde late lo que somos como pueblo y sangre emanada de ellos.

             Hoy, no cantaremos por ustedes porque todavía no es el tiempo y, quizás no alcancemos a rendirles el homenaje que se merecen, pero vendrán las generaciones venideras, educadas por nosotros, para que ustedes las levanten y las enarbolen como glifos santos de esta tierra sagrada, que con sangre y sacrificio nos dejaron los abuelos antiguos.

             Hoy, sólo dejaremos testimonio de su presencia, el testimonio que de ustedes han hecho los arqueólogos, que con su incansable y poco reconocido esfuerzo, siguen limpiando piedra por piedra y convirtiendo ruinas en esplendores.

             Con lo poco que las primaveras quieran darnos, y con los frutos del esfuerzo y el sudor de nuestros padres cada día, es suficiente. Desde que fueron edificadas esas construcciones hasta hoy, muchas generaciones han llorado para que  tengamos lo que ustedes pueden ver.

             Apaguen los espejismos y quemen esos sueños de gloria falsa que atraen, como a los murciélagos, los pozos y las grutas oscuras. Nuestra verdad está aquí: nuestra simiente, las cenizas y los huesos de quienes nos han enseñado con dolor oculto. Rindámosle pleitesía con flores de monte o de importación, no importa, pero decoremos esas tumbas con el colorido de las flores y de nuestro corazón.

              Respetemos esas frentes arrugadas, esas cabezas bajas y esos cabellos blanqueados por los demonios interiores de toda una vida. Este es nuestro mundo y esta es nuestra verdad. Continuemos sembrando esas enseñanzas que, sabiéndolo o no, nos han dejado en herencia, todos los que atrás de nosotros se han quedado.

   Esto es todo lo que puedo decirles, en ustedes está la libertad para seguir amando lo que somos, en esos vestigios acurrucados, en esos hipiles que ya tienen vergüenza de salir al sol, en los apellidos de orden cósmico porque están regidos por la naturaleza, esas alpargatas que no quieren morir,  y siguen ahí, en los rincones de lo humilde.

              Muchas cosas hay y muchos siglos vienen, ojalá sepamos tomar lo bueno que  ellos traen, y dejar que siga su camino todo lo demás. Ustedes no son diferentes de nosotros, ni son más que la luna y las estrellas, con el tiempo lo aprenderán y volverán a su casa y a su pueblo, enseñados por el dolor que se aprende, persiguiendo fulgores sin fondo.

               Esto es lo que he aprendido de Xcalumkin y de Jaina, y de esas piedras amontonadas. Ojalá algún día las puedas ver y entender. Mientras, ellos y nosotros seguiremos esperando, como esperan el venado, la paloma, los pixoyes y el amor de nuestros padres, del viento y de nuestra tierra. Aquí estaremos para cuando quieras saber quiénes somos y qué podemos enseñarte.

 

Bibliografía: “Los Investigadores de la Cultura Maya”. Ediciones de la Universidad Autónoma de Campeche.

 

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